Porfirio Mamani Macedo
Escritor peruano


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Septiembre 2005 [2]

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Norma, la hija del silencio

Se estaba mirando en el espejo. Las dos puertas cerradas sin manubrios, resistiendo el llanto que gime entre sus muros. Todo está detenido. Ninguno de los tres respira. El silencio. La mesa en su lugar como una pieza de museo se divierte en el polvo. Es una sombra. Ella mira desconsolada y triste la angosta abertura por donde la luz penetra como un hilo entre sus armarios. Las flores, la pared desnuda, ella respirando lentamente, como si de pronto alguien gritara de alguno de los rincones, donde el polvo es denso. El silencio habita la casa y los muros de su cuerpo. No hay movimiento posible para desenredar sus líneas. Calla. Enmudece y mira; mira con esos ojos rojos, podridos, angustiados y hambrientos. Hace un vago esfuerzo sin causar la ruptura divina del estado monótono del aire. Piensa que su cuerpo: una maravilla ardiente, podría saltar afuera, correr, andar como los habitantes del otro lado, como suele llamarlos. Esta puede ser solamente una noche, un tiempo anochecido del cual no tiene miedo. Es difícil. La mañana pasa. El atardecer, la noche. El dolor. Quiere asomarse a la puerta, pero no hay modo absoluto de abrirla. "Esta puerta sin manubrio", dice; "quisiera que la puerta fuera un manubrio, un pequeño manubrio, para mirar el sol, para saber de dónde viene este hilo de luz, para saber si los de afuera existen." Siente su extraño respirar y su silencio como si fuesen alas. Intenta recordar algún instante del pasado y mira, mira interiormente su pasado. Ella observa el fondo más oscuro sin temor y no encuentra nada. Solamente un gesto raro se dibuja en su rostro. "No hay nada, dice, el vacío existe." En otra dimensión intenta dar un paso, aún dudoso. Nada. Oye el ruido lejano de las rocas que resbalan. Siente el ruido y el dolor juntos, como si resbalaran por las ondulantes orillas de su cuerpo. "Ahora estoy lejos", dice. No hay ruido ni hay dolor. La sombra impenetrable de su ser le exige nuevas formas. "Una forma cualquiera", piensa ella. La sombra se cansa y respira con dolor. "Veo esta puerta y la vuelvo a ver, siempre se muestra dura e inexistente. La puerta es siempre un muro", dice. La luz incorregible le asombra. "Ya no quiero ser más la sombra", dice. Habla. "Yo soy Norma, mi padre me dijo que ese era mi nombre. Ahora dudo de todo cuanto veo, porque hay otros que me llaman de otro modo, y no sé cuál de los nombres es el mío. El verdadero, quiero decir. Norma es mi nombre, porque tengo el rostro de Norma. Los ojos, la boca, los dientes, los pómulos, la forma de bostezar y la forma de pensar. No hay duda, soy ella. Soy Norma, sin embargo tengo dudas. No, no busco nada, sólo quiero saber quién soy. No quiero pensar que no soy nadie. No quiero saber nada. Es demasiado tarde para pensar en los hijos. Mis hijos, ¿dónde están mis hijos? Yo no tengo hijos. Solamente quiero dejar de pensar, de oír la misma música, ese ritmo que me hace despertar cada instante y que me hace recordar el olor de estos muros antiguos. Yo he sido siempre así, mirando estos muros he crecido, ahora quiero ver qué hay más allá de estos muros imaginarios, tercos, duros como el sueño. Quiero dormir, me siento cansada, yo no sé por qué. La música y la naturaleza se confunden. Cada uno de ellos vuela como un pájaro y yo me siento libre en un ambiente imaginario. A veces veo esta puerta y a veces no la veo; y cuando la veo siento que me han dado la vida y cuando no puedo verla mi sensación es indiferente, digamos fría, es como si me hubieran quitado el ser de un golpe. Yo siento a veces ese golpe por la espalda. No es un golpe mortal, porque si no, no estuviera temblando de frío, buscando el manubrio de la puerta, esa extraña esperanza que aún habita en mis entrañas, y la siento como si yo estuviera engendrando un hijo. No hay forma de callar. Una nunca puede callar, porque el cuerpo mudo también habla." "Quiero saber si estoy o no estoy", decía. Sus ojos todavía húmedos vigilaban el entorno imaginario de la puerta. No era un instante, era el tiempo que pasaba suavemente por su piel y le dictaba unas frases, unas palabras indeseables. "Quiero dejar de oír", decía. Sus ojos soñolientos, vigilantes, recorrían a saltos, de un punto a otro. Así lo abarcaban todo. Ella los dejaba correr, los dejaba ir como las avispas. Adormecida, sometida a ese angustioso estatismo existencial se dejaba sepultar por sus ojos brillantes. "Es la luz", pensaba. Había podido controlar el ritmo fúnebre de sus labios; sin embargo, giró lentamente los ojos, junto con la masa negra de sus pelos. Había perdido la posición anterior. Ya no era la misma. "Soy otra", se oyó a sí misma. La sombra recortada y deformada recobró aliento como si recién estuviera naciendo. Ella dijo: "La sombra y el silencio son mis amigos y también mis enemigos." A veces se le veía con el rostro inexpresivo, sumida en un desánimo desacostumbrado. No hizo ningún movimiento con sus labios cuando pronunció: "Quiero vivir." Nada defendía con vigor, sólo quería vivir, aprender a vivir como la gente del otro lado de los muros. La sombra o la mujer, en su nueva posición corporal imaginan otros laberintos, imaginan formas oscuras y formas grotescas. Deseaba ser poseída. La mujer es así. "Sí, yo soy así", dice. No podría ocultar su sueño y su verdad. Ahora mismo duerme. No es necesario imaginarla con los ojos cerrados, porque ella también duerme con los ojos abiertos, y es difícil saber si duerme o no. Sus ojos son espejos. Mira la puerta imaginaria y hace como si estuviera pensando en algo. Clava sus ojos en el marco imaginario de la puerta sin manubrio y se pregunta: "¿Será esa la puerta?." "No, no es la puerta", se responde bajo una honda resignación casi insalvable. Siente sus palabras que le clavan las partes más delicadas de su piel y sufre. "¿No hay salvación posible?", se pregunta haciendo brillar sus labios. Ella quiere encontrar la respuesta en el pequeño ambiente donde su cuerpo tirita. La mañana estática de afuera se va como si todo fuese un sueño inalcanzable. Para ella el sueño es solamente una imaginación interior. Los muros blancos la observan con cuidado. No entiende por qué no hay una puerta y por qué no hay un manubrio. "Aquí no hay vida, dice, sin embargo todo tiene vida." Pero ella ya no puede estar en ese indeseable mundo inhabitable. "Partir, es lo mejor", dice.

Por Escritor - 21 de Septiembre, 2005, 9:25, Categoría: Cuentos
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